La solidaridad intergeneracional y las pensiones

Por Jesús María Valero Balaguer, Jefe de la Unidad de Mediación. Conselleria de Economía

El objeto de este artículo es tratar de enumerar algunas de las dificultades que se plantean en la tan traída y llevada “solidaridad intergeneracional” que se afirma como el garante de nuestro sistema de pensiones, y responder a la pregunta acerca de si esta solidaridad se está produciendo.

Cuando hablamos de pensiones lo primero que hay que tener en cuenta es que no pueden tener los mismos intereses los que ahora ya están jubilados y los que se van a jubilar en los próximos años; los que están en plena vida laboral; los que acaban de comenzar a trabajar, y los que están a punto de incorporarse a la vida laboral.

En los grupos descritos (cohortes los llamaría un demógrafo) existen intereses diversos y aún contrapuestos: a saber.

Los pensionistas buscan consolidar y mejorar su pensión; los que se encuentran próximos a la jubilación, comenzar a disfrutar sus beneficios a la misma edad que sus predecesores y con igual o mejor renta. Los que están a mitad de camino de su jubilación miran con recelo el coste actual, en relación con su nivel de renta disponible, que supone para ellos el sostenimiento de la Seguridad Social y empiezan a dudar de los derechos que percibirán llegados a esa edad; los que acaban de comenzar a trabajar solo están pendientes del líquido mensual de su jornal; y los que aún no trabajan persiguen trabajar cuanto antes y que se adopten todas las medidas posibles para alcanzar este objetivo.

¿Diversos verdad?, y sin embargo todos pertenecemos a la misma mutua y año tras año los trabajadores en activo hacen posible la tan traída “solidaridad intergeneracional”.

Como todo el mundo sabe, nuestro sistema de pensiones es un sistema de reparto, lo que significa que con las aportaciones de los trabajadores activos de cada año natural se satisfacen las pensiones de ese mismo año. Si sobra, se guarda; si falta, se echa mano de lo ahorrado: el fondo de garantía.

La crisis que sufre hoy nuestro sistema de pensiones no es producto de la disminución de la actividad económica que ha provocado el actual desempleo. No es por tanto una crisis que vaya a desaparecer cuando desaparezca la crisis económica actual. No es por tanto, una crisis coyuntural.

La crisis que hoy sufre nuestro sistema de pensiones está provocada por una bajada de la natalidad y por un alargamiento de la esperanza de vida.

La combinación de estos dos factores aumenta el coste de las pensiones por un lado – son más los que cobrarán y por un periodo de tiempo mayor- y reduce el número de personas que están en disposición de pagar con su sueldo las pensiones de los demás.

La tasa de reposición, nos dicen los demógrafos, exige el nacimiento de 2,1 niños por mujer fértil durante su vida fértil, de media. Si las mujeres españolas tienen menos de 2,1 niños cada una, de media, los españoles seremos –ya somos- cada vez menos. Echemos un vistazo a nuestro alrededor y advertiremos bien la situación que vivimos.
Si cada vez son menos los que pueden pagar las pensiones – “sostener el sistema”, le llaman los técnicos-, solo podemos hacer lo siguiente: o cobran menos los pensionistas actuales y futuros –“reducción del importe real de las pensiones”-, o tardan más en cobrar los que aún no se han jubilado –“incorporarse al sistema”, “alargamiento de la edad de jubilación”-, o ambas cosas a la vez.

Naturalmente cabe otra solución: que el estado español provea la diferencia para mantener las prestaciones -“complementar los ingresos”- creando una espiral de endeudamiento que lógicamente- España no tiene dinero para todo- detraerá recursos de las inversiones en infraestructuras, investigación, educación… ya que las prestaciones de la sanidad universal que disfrutamos parece que tampoco pueden reducirse.

Este panorama parece poner en duda la vigencia de la base de nuestro sistema de pensiones: la solidaridad intergeneracional. Los jóvenes no están teniendo los hijos suficientes para reponer los fallecimientos y nuestros mayores se han atrincherado en sus derechos adquiridos. Más que una solidaridad intergeneracional parece que se está generando un conflicto intergeneracional.

El análisis anterior puede no ser compartido, pero lo que está claro –claro en mi opinión, claro, Dios me libre de ser dogmático- es que el sistema de pensiones está desajustado ya hoy y que sin los correspondientes ajustes, se desajustará aún más, allá por 2030, que no crean ustedes que está tan lejos.

Digo lo de “en mi opinión” y me acuerdo de aquel agricultor de Zaragoza que mantenía que el Ebro era más grande que el mar. Para sacarlo de su error sus amigos le llevaron hasta Tarragona una preciosa mañana de finales de Abril. Cuando nuestro labrador vio la extensa playa y a lo lejos el horizonte, sentenció: más ancho tal vez no, pero más largo…

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